Dirección y guión: Andrea Martínez, 2008.

Producción: Guillermo de Toro, Bertha Navarro y Luis de Val.

 

Una coproducción hispanomexicana en la que la directora presenta su opera prima, una película sin grandes pretensiones pero completa, rica en matices con unos personaje construidos con delicadeza  y coherencia, situada en la surrealista capital mexicana, el Distrito Federal, una metrópoli que encaja perfectamente en la estructura hipertextual del argumento. Una fórmula narrativa que se impone cada vez más, desde que Robert Altman la ha convertido en subgénero cinematográfico: privilegio de los personajes, sus características y motivaciones en detrimento del peso de la historia.

 

Una película  que obligó a Andrea a dedicarle 6 años de su vida, con un argumento que en realidad, no es un argumento sino más una colección de historias entrecruzadas, más bien, entretejidas por detalles, sin más puntos de contacto que unos objetos, aparentemente insignificantes, pero que en su insignificancia expresan un aspecto sublime, casi esotérico que confiere trascendencia a cada una de ellas.  Nos hace ver que existe un universo de objetos que usualmente escapan a nuestra atención y que quizás precisamente por ello se ven libres de fluir, de circular por los arrabales de nuestros problemas y asuntos e impregnarse de su mágica esencia. Son objetos y detalles cuya fascinación inexplicable hace que los humanos, abstraídos en los asuntos importantes de la vida, nos relacionemos con ellos de un modo ambivalente. En realidad, son símbolos que sólo el alma romántica o el alma sensible pueden percibir adecuadamente, sea convirtiéndolos en contenedores de la memoria, o en fetiches objetos de la obsesión del coleccionista.

 

Historias de amor y desamor, paternidades infieles y sueños de libertad, que viven personas corrientes. Personajes que al cruzarse en la calle absortos en si mismos no revelan, a pesar de su aspecto anodino, la intensidad de la tragedia que les embarga. Un padre que en su vejez ya no puede soportar el peso de los errores que cometió con su hija, un médico cuyo affaire secreto le corroe el alma, una niña que sueña escaparse de un presente sombrío, una madre y amante que se enfrenta a la muerte de su hijo, constituyen casi la excusa perfecta para que la trama nos presente el fluir inexorable de la vida que da la impresión de que es precisamente en lo insignificante que se manifiesta la auténtica trascendencia del destino.

 

La premisa de la trama no es en absoluto moralista, el guionista no pretende transmitir ningún mensaje específico, no son historias edificantes pero es precisamente este rasgo el que les confiere atractivo y genera en la audiencia una fuerte empatía emocional. Como la vida misma que raramente sigue el estereotipo del final feliz hollywoodiense. Un retrato fiel de la vida moderna y citadina en que el anonimato de los destinos transcurre paralelo a la vida oculta y secreta de las cosas insignificantes que los animan.

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Armando Rey ® 2009