Una serie de extractos de este magnífico libro...
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¡Emprender el vuelo cada día! Al menos durante un momento, por breve que sea, mientras resulte intenso. Cada día debe practicarse un “ejercicio espiritual” -solo o en compañía de alguien que, por su parte, aspire a mejorar-. Ejercicios espirituales. Escapar del tiempo. Esforzarse por despojarse de sus pasiones, de sus vanidades, del prurito ruidoso que rodea al propio nombre (y que de cuando en cuando escuece como una enfermedad crónica). Huir de la maledicencia. Liberarse de toda pena u odio. Amar a todos los hombres libres. Eternizamos al tiempo que nos dejamos atrás.
Semejante tarea en relación con uno mismo es necesaria, justa semejante ambición. Son muchos quienes se vuelcan por completo en la militancia política, en los preparativos de la revolución social. Pero escasos, muy escasos, los que como preparativo revolucionario optan por hacerse hombres dignos.1
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I. Epicúreos y estoicos
Observemos en primer lugar el ejemplo de los estoicos. Según explican, la infelicidad de los hombres proviene de su anhelo por conseguir o conservar ciertos bienes que se arriesgan a no obtener o a perder, obcecándose en evitar males a menudo ineluctables. La filosofía serviría, por lo tanto, para educar a los hombres, a fin de que deseen obtener exclusivamente ese bien que se puede obtener y evitar sólo el mal que es posible evitar. Este bien que puede siempre obtenerse y ese mal que puede siempre evitarse deben depender únicamente, para ser tales, del albedrío humano: se trata, pues, del bien moral y del mal moral. Sólo ellos dependen de nosotros, mientras los restantes escapan a nuestra voluntad. Por consiguiente esos restantes, que no dependen de nosotros, corresponden al encadenamiento necesario de ciertas causas y efectos que escapan a nuestro albedrío. Tendrían que resultarnos por completo indiferentes, es decir, que no deberíamos introducir en ellos diferenciación alguna, sino aceptarlos como algo establecido en todo caso por el destino. Y es que pertenecen, en efecto, al dominio de la naturaleza. Se produce aquí, pues, una absoluta inversión del modo habitual de entender las cosas. Se pasa de una visión “humana” de la realidad, visión en la cual los valores dependen de las pasiones, a otra visión “natural” de las cosas que sitúa cada acontecimiento en la perspectiva de la naturaleza universal. p. 26
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Gracias a Filón de Alejandría disponemos de dos textos con listados de ejercicios. Uno y otro no coinciden exactamente, pero tienen el mérito de mostrarnos un panorama bastante completo de la terapia filosófica de inspiración estoico-platónica. Uno de estos textos cita el estudio (zetesis), el examen en profundidad (skepsis), la lectura, la escucha (akroasis), la atención (prosoche), el dominio de uno mismo (enkrateia) y la indiferencia ante las cosas indiferentes. El otro nombra las lecturas, las meditaciones (meletai), la terapia de las pasiones, la rememoración de cuanto es beneficioso, el dominio de uno mismo (enkrateia) y el cumplimiento de los deberes. P. 27
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La atención (prosoche) supone la actividad espiritual fundamental del estoico. Consiste en una continua vigilancia y presencia de ánimo, en una consciencia de uno mismo siempre alerta, en una constante tensión espiritual. Gracias a ella el filósofo advierte y conoce plenamente cómo obra en cada instante. Gracias a esta vigilancia del espíritu, la regla vital fundamental, es decir el discernimiento entre lo que depende y lo que no depende de nosotros se encuentra siempre a mano (procheiron).,, “No debes apartarte de tus principios cuando duermes, ni al despertar, ni cuando comes, bebes o conversas con otras personas”. Esta misma vigilancia del espíritu permite aplicar la regla fundamental a las situaciones concretas de la existencia, obrándose siempre así “con corrección” en todo cuanto se emprenda. También puede definirse esta vigilancia como una forma de concentración centrada en el momento presente...En esta atención al instante presente reside el secreto de los ejercicios espirituales. Libérate de las pasiones siempre provocadas por un pasado o un futuro que en absoluto depende de nosotros; facilita la vigilancia concentrándose sobre un breve instante, siempre dominable, siempre soportable en su exigüedad; por último abre tu consciencia a la consciencia cósmica, obligándote a descubrir el valor infinito de cada instante y aceptando cada momento de la existencia según la perspectiva de la ley universal del cosmos.
La atención permite dar respuesta inmediata tanto a los acontecimientos como a las cuestiones planteadas repentinamente". Para ello es necesario que los principios fundamentales estén siempre “a mano” (procheiron) . Es preciso impregnarse de la regla vital (kanon)” aplicándola mediante el pensamiento a las diversas circunstancias vitales, al igual que uno asimila mediante el ejercicio ciertas reglas gramaticales o aritméticas, aplicándolas a casos particulares. Pero aquí no se trata de un mero saber, sino de la transformación de la personalidad. La imaginación y la afectividad deben colaborar en el ejercicio del pensamiento. Todos los medios psicagógicos de la retórica, todos los métodos de amplificación' deben ser movilizados. Conviene que uno mismo se formule la regla vital de la manera más dinámica y concreta, debiéndose “poner ante los ojos” unos acontecimientos vitales contemplados a la luz de esa regla fundamental. En esto consiste el ejercicio de memorización (mneme) y de meditación (melete) de la regla vital.
Este ejercicio de meditación facilita el estar preparado para el momento en que una circunstancia imprevista, quizá dramática, se presente. Uno debe representarse anticipadamente (praemeditatio malorum) los problemas propios de la existencia: la pobreza, el sufrimiento, la muerte; hay que mirarlos de frente recordando que no son males, puesto que no dependen de nosotros, en la memoria habrán quedado fijadas aquellas máximas contundentes que, llegado el caso, nos ayudarán a aceptar estos acontecimientos que forman parte del curso de la Naturaleza. Estas máximas y sentencias deberán tenerse, pues, siempre a mano. Deberán ser fórmulas o argumentos de carácter persuasivo (epilogismoi) a los que uno podrá recurrir frente a cualquier suceso a fin de controlar sus impulsos de temor, cólera o tristeza.
Por la mañana habrán de examinarse, previamente, las actividades que se realizarán a lo largo de la jornada, estableciéndose los principios que las gobernarán e inspiraran. Por la tarde serán analizadas de nuevo para rendir cuenta de las faltas o los progresos producidos". También los sueños deben someterse a reconocimiento.
Como puede observarse, los ejercicios de meditación intentan dominar el discurso interior para hacerlo coherente, para poner orden en él gracias a ese principio sencillo y universal que supone discernir entre lo que depende y lo que no depende de nosotros, entre la libertad y la naturaleza. Por medio del diálogo con uno mismo o con otros, o también recurriendo a la escritura, quien desee progresar tiene que esforzarse por “dirigir ordenadamente sus pensamientos”, alcanzando así una transformación completa de su representación del mundo, de su paisaje interior, pero al mismo tiempo de su comportamiento exterior. Tales métodos revelan un enorme conocimiento del poder terapéutico de la palabra. p. 29
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Gracias a tales enseñanzas todo el edificio especulativo sostenido y justificado por la regla fundamental, todos los estudios de física y lógica, de los cuales ella es resumen, podrán efectuarse con precisión. El “estudio” y el “examen en profundidad” suponen, pues, la puesta en práctica de tales enseñanzas. Cabe habituarse, por ejemplo, a definir objetos y acontecimientos desde un punto de vista “físico”, a contemplarlos por lo tanto tal como se sitúan dentro del Todo cósmico. O también serán divididos en segmentos con el fin de reconocer los elementos que los componen.
Vienen por último los ejercicios prácticos destinados a crear hábito. Algunos son todavía de carácter muy “interno”, resultando demasiado parecidos aún a esos ejercicios mentales a los cuales acabamos de referirnos: entre ellos, por ejemplo, la indiferencia frente a las cosas indiferentes, que no es sino la aplicación de la Regla vital fundamental`. Otros implican cierta actividad práctica: el autodominio y el cumplimiento de los deberes de la vida social. Volvemos a encontrar aquí los temas de los que habla Friedmann: “Esforzarse por despojarse uno de sus pasiones, de sus vanidades, del prurito ruidoso alrededor del propio nombre... Huir de la maledicencia. Liberarse de toda pena u odio. Amar a todos los hombres libres”. En Plutarco podemos encontrar gran número de tratados que recuerdan a estos ejercicios: Del control de la cólera, De la tranquilidad del alma, Del amor fraterno, Del amor a los niños, De las habladurías, De la curiosidad, Del amor a las riquezas, De la falsa humildad, De la envidia y el odio. Séneca, por su parte, también compondría obras del mismo género: De la cólera, De las buenas acciones, De la tranquilidad del alma, De la ociosidad. Un principio extremadamente sencillo se aconseja siempre en este tipo de ejercicios: comenzar ejercitarse con las cosas más sencillas para implantar progresiva y sólidamente el hábito.
Según los estoicos filosofar consiste, por lo tanto, en ejercitarse en “vivir” es decir, en vivir consciente libremente: conscientemente, pues son superados los límites de la individualidad para reconocerse parte de un cosmos animado por la razón; libremente, al renunciar a desear aquello que no depende de nosotros y que se nos escapa, no ocupándonos más quede lo que depende de nosotros -una rectitud de acción en conformidad con la razón.
Se comprende perfectamente que una filosofía corno la estoica, que exige vigilancia, energía y tensión espiritual, estuviera compuesta ante que nada por ejercicios espirituales. Pero quizá resulte más sorprendente constatar que el epicureísmo, habitualmente considerado una filosofía tendente al placer, concede la misma importancia que el estoicismo a ciertas prácticas concretas que no son otra cosa sino ejercicios espirituales Ello es así porque tanto para Epicuro como para los estoicos la filosofía consiste en una terapia “Nuestra única preocupación debe ser curarnos”. Pero en este caso la curación implica liberar al alma de las preocupaciones vitales y de este modo recuperar la alegría por el simple hecho de existir. El sufrimiento de los hombres proviene de su temor ante cosas que no deben temerse y de su deseo de cosas que no es preciso desear, y que les son por lo demás negadas. De esta forma su existencia. se consume en el desconcierto producido por, sus temores injustificados y sus deseos insatisfechos. Se encuentran así privados del único y auténtico placer, el placer de ser. Es por eso por lo que la física epicúrea busca la liberación del temor demostrando que los dioses no tienen el menor efecto sobre la marcha del mundo y que la muerte, al implicar una total disolución, no forma parte de la vida`. La ética epicúrea libera de los deseos insaciables diferenciando entre deseos naturales y necesarios, entre deseos naturales y no necesarios y entre deseos ni naturales ni necesarios. La satisfacción de estos primeros, la renuncia a los últimos y, eventualmente, a los segundos, basta para garantizar la ausencia confusión y para que surja el bienestar por el mero hecho de existir: “La carne grita: "no tener hambre", "no tener sed", "no tener frío". Quien goce de este estado y de la simple esperanza de gozar puede rivalizar en felicidad con el propio Zeus”. De ahí ese sentimiento de reconocimiento, casi imperceptible, que ilumina lo que podría llamarse piedad epicúrea hacia las cosas: “Démosle gracias a la bienaventurada Naturaleza que. ha hecho que las cosas necesarias resulten fáciles de obtener y que las cosas difíciles de alcanzar no resulten necesarias”. p.31
Para conseguir la curación del alma se precisan ciertos ejercicios espirituales. Como en el estoicismo, deben asimilarse, meditándose “día y noche”, breves sentencias o resúmenes que permitirán tener i siempre “a mano” los dogmas fundamentales'. Entre ellos, por ejemplo, los célebres tetrapharmakon, el cuádruple remedio: “Los dioses no son temibles, la muerte no es una desgracia, el bien resulta fácil de obtener y el mal sencillo de soportar”. Las numerosas recopilaciones de sentencias epicúreas responden a esta exigencia de ejercicios espirituales meditativos. Pues, al igual que los estoicos, el estudio de los más relevantes tratados dogmáticos de los principales maestros de la escuela supone también un ejercicio destinado a alimentar la meditación", a fin de que el alma quede impregnada fácilmente de la intuición fundamental. El estudio de la física viene a constituir de este modo un ejercicio espiritual particularmente importante: “Es preciso persuadirse de que el conocimiento de los fenómenos celestes.., no tiene otro fin salvo la ataraxia y una segura confianza, siendo éste igualmente el objetivo de las demás búsquedas”". La contemplación del mundo físico, la representación del infinito, elemento capital de la física epicúrea, una transformación total en la manera de percibir las cosas (el universo clausurado se dilata hasta el infinito) y un placer espiritual de primer orden: “Las murallas del mundo se abren y se desploman, contemplo en el vacío del universo el nacimiento de las cosas... Ante semejante espectáculo, un divino goce y un estremecimiento sagrado se apoderan de mí, considerando estos grandes objetos que tu poder (es decir, el de Epicuro) hizo patentes al descorrer el velo con que la naturaleza los cubría”.
Pero la meditación, ya esté marcada por la simplicidad o por la sabiduría, no es el único ejercicio espiritual epicúreo. Para curar el alma será preciso no eso que señalan los estoicos, el entrenamiento para vigilarse, sino por el contrario el entrenamiento para relajarse. En lugar de representarse los males por adelantado, preparándose para padecerlos, es necesario mas bien apartar nuestro pensamiento de la visión de las cosas dolosas y fijar nuestra mirada en los placeres. Hay que revivir el recuerdo de los placeres pasados y gozar de los placeres presentes, reconociendo cuán grandes y agradables resultan estos. Existe un ejercicio espiritual muy concreto: dejar de practicar esa constante vigilancia de los estoicos con la que pretenden prepararse para salvaguardar a cada instante su libertad moral, y ejercitarse mediante una elección concreta, siempre renovada, en favor de la tranquilidad y la serenidad, experimentando así una profunda gratitud hacia la naturaleza y la vida que, si sabemos percibirlo, constituyen un constante motivo de placer y alegría. Asimismo el ejercicio espiritual consistente en intentar vivir en el momento presente es entendido de modo muy distinto por estoicos y epicúreos. Según los primeros implica una continua tensión espiritual, la vigilancia sin pausa de la consciencia moral; según los otros supone, una vez mas una invitación a la tranquilidad y la serenidad: las preocupaciones, que nos proyectan desgarradamente al futuro, nos hacen olvidar el valor incomparable que tiene el simple hecho de existir: “Sólo nacemos una vez, pues dos veces no nos ha sido permitido; hay que hacerse a la idea de que dejaremos de existir, y eso por toda la eternidad; pero tú, que no eres dueño del mañana, todavía confías al futuro tu alegría. De esta manera, entre tales esperas, la vida se consume en vano y acabamos muriendo abrumados por las preocupaciones". Lo dice el célebre verso de Horacio, carpe diem. “Mientras nos dedicamos a hablar el avaro tiempo huye. ¡Recoge hoy sin confiar en dejarlo para mañana! “. Finalmente, a juicio de los epicúreos, el mismo placer es ejercicio espiritual: placer intelectual por la contemplación de la naturaleza, rememoración de los placeres pasados y presentes, placer, por último, de la amistad. La amistad, según la comunidad epicúrea, está relacionada por su parte con ciertos ejercicios espirituales practicados en un ambiente alegre y relajado: la pública confesión de las faltas y el correctivo fraternal, ambos ligados al examen de consciencia. Pero, en especial, la propia amistad supone el ejercicio espiritual por excelencia: todos deberían ayudar a crear el ambiente adecuado para que se abra el corazón. De lo que se trata antes que nada es de ser feliz, y el afecto mutuo, la confianza con la cual uno se apoya en los demás, contribuyen más que cualquier otra cosa al bienestar".
II. Aprender a dialogar - Sócrates
La práctica de ejercicios espirituales se desarrolló probablemente en tradiciones que se remontan a tiempos inmemoriales. Pero será Sócrates quien los sacará a la superficie de la consciencia occidental, puesto que su figura fue, y sigue siendo, una llamada viviente al despertar de la consciencia moral. Resulta destacable que tal llamada se diera a oír en forma de diálogo.
En el diálogo “socrático” la verdadera cuestión que se ventila no es de qué se habla, sino aquel que habla: “Cuando uno observa a Sócrates de cerca y comienza a dialogar con él, incluso en el caso de que se haya comenzado primero por hablar de cualquier tema, al final es llevado por el hilo del discurso hacia múltiples direcciones, hasta el momento en que uno se ve obligado a rendir cuentas de sí mismo, tanto de la manera en que vive en la actualidad como de la forma en que condujo su existencia en el pasado. Una vez llegados a este punto, Sócrates no nos dejará irnos antes de haber sometido todo esto, del modo más profundo y bello, a la prueba de su autoridad... No veo nada malo en que alguien me recuerde que he actuado o que actué de una forma que no era quizás la preferible. Aquel que no huya de esto se hará necesariamente una persona más prudente durante el resto de su vida. En el diálogo “socrático' el interlocutor de Sócrates no aprende nada, pues Sócrates no tiene intención de enseñarle nada: no hace más que repetir a quien quiera escucharle que lo único que sabe es que no sabe nada". Pero a la
manera de infatigable tábano, Sócrates acosa a sus interlocutores con preguntas que les ponen en cuestión, que les obligan a prestarse atención a sí mismos, a cuidarse de sí mismos: “Cómo! Querido amigo, eres ateniense, ciudadano de una ciudad más grande, más célebre que cualquier otra por su ciencia y pujanza, y no te avergüenzas de cuidarte sólo de tu fortuna, de acrecentarla lo máximo posible, así como tu reputación y tu honor; pero en lo que se refiere a tu pensamiento (phronesis), tu verdad (aletheia) o tu alma (psyche), a mejorarlos, ¡no los cuidas en absoluto, ni se te ha ocurrido siquiera!”. La misión de Sócrates consiste pues en invitar a sus contemporáneos a examinar su consciencia, a cuidar de su progreso interior: “No cuido en absoluto aquello que suele preocupar a la mayoría de la gente: asuntos de negocios, administración de bienes, cargos de estratega, éxitos oratorios, magistraturas, coaliciones, facciones políticas. No me siento atraído por este camino.., sino por ese otro que, a cada uno de vosotros en particular, le haría el mayor bien, intentando convencerle de que cuide menos lo que tiene y que cuide más lo que es, para convertirle en alguien lo más excelente y razonable". El Alcibíades del Banquete de Platón expresa del siguiente modo el efecto que sobre él ha ejercido el diálogo con Sócrates: “Me ha obligado a confesarme a mí mismo que, por más que haya cometido faltas, insista en seguir ocupándome de mí mismo [...]. Me ha puesto más de una vez en tal estado que no me parecía posible seguir viviendo y comportándome como hasta ahora”.
El diálogo socrático se nos aparece, pues, como un ejercicio espiritual practicado en común y que invita al ejercicio espiritual interior, es decir, al examen de consciencia, a dirigir la atención sobre uno mismo en pocas palabras a ese celebre “conócete a ti mi mismo”. Aunque el sentido original de tal fórmula resulte difícil de discernir, no es menos cierto que invita a esa relación con uno mismo que constituye el fundamento de todo ejercicio espiritual. Conocerse a uno mismo supone reconocerse como no-sabio (es decir, no como sophos, sino como philo-sophos, en camino hacia la sabiduría), o bien reconocerse en su ser esencial (es decir, separar lo que no nos constituye de lo que sí nos constituye), o bien reconocerse en cuanto a su verdadero estado moral (es decir, examinando nuestra consciencia).
Maestro en el diálogo con el otro, Sócrates parece ser también, según el retrato que de él nos han brindado Platón y Aristófanes, un maestro del diálogo consigo mismo, y por lo tanto un maestro en la práctica de ejercicios espirituales. De este modo nos es presentado como alguien capaz de desplegar una extraordinaria concentración mental.
III. La física como ejercicio espiritual, o pesimismo y optimismo en la obra de Marco Aurelio
Cuando se hojea la colección de Meditaciones de Marco AureIio podemos dejar de sorprendernos por las numerosas declaraciones pesimistas que aparecen ahí. La amargura, el hastío o la “náusea” frente a la misma existencia humana se ponen de manitiesto por medio de fórmulas llamativas, como por ejemplo ésta: “Mira a tu alrededor mientras te bañas: grasa, sudor, mugre, agua viscosa y otras cosas repugnantes. Así son todos y cada uno de los momentos de la vida, así son todos los propósitos” (VIII, 24).
Este tipo de expresiones despectivas se utilizan para referirse en primer lugar al cuerpo, a la carne, denominados “barro”, ”lodo” o “sangre impura” II, 2). Pero en realidad son aplicadas también a todo aquello que los hombres tienen por valioso: “Ese plato tan anhelado no es más que el cadáver de un pez, un pájaro o un cerdo, ese vino de Falerno mero jugo de uva, las púrpuras simple pelo de oveja empapado en sangre de crustáceo, la unión de los sexos sólo frotación de vientres acompañada de la eyaculación, en virtud de un espasmo, de un líquido viscoso” (vi, 13). La misma mirada desilusionada recae sobre el conjunto de las actividades humanas: “Todo aquello a lo que se da tanta importancia en el curso de la vida es vacuidad, podredumbre y mezquindad, simple y recíproco mordisqueo entre perros, peleas de niños que poco después se ponen a llorar” (y, 33, 2). La guerra por la cual Marco Aurelio defiende las fronteras del Imperio supone una especie de caza del sármata, similar a la caza de moscas por parte de la araña (x, 10). Sobre la confusa agitación de las marionetas humanas Marco Aurelio lanza su mirada despiadada: “Cabe representárselas cómo son al comer, al dormir, al fornicar o al hacer sus necesidades. Y luego cuando se dan aires de grandeza, gesticulando orgullosamente o montando en cólera y reprendiendo a la gente con la mayor altanería” (x, 19).
Una agitación humana tanto más irrisoria cuanto que no dura más que el tiempo de un parpadeo, reduciéndose a bien poca cosa: “Hoy sólo un poco de flemas, mañana cenizas o esqueleto” (iv, 48, 3).
Dos palabras bastan para resumir la comedia humana: todo es trivial, todo es efímero. Todo es trivial porque no hay nada nuevo bajo el sol: “Considera sin cesar cómo todos los acontecjmjentos que se producen en el momento presente se han producido de forma idéntica también en el pasado y seguirán produciéndose también en el futuro. Qué monótonos resultan estos dramas y escenas que conoces gracias a tu experiencia personal o por la historia antigua. Haz que cobren vida ante tus ojos, por ejemplo lo que se refieren a la corte de Adriano, de Antonino, de Filipo, de Alejandro y Creso. Todos estos espectáculos eran los mismos que los de la actualidad. Sólo los actores cambian” (x, 27). Una trivialidad y un tedio que llegan al asco: “Lo que ves en el anfiteatro y en lugares semejantes te repugna: siempre más de lo mismo, convirtiéndose por mor de la uniformidad en un espectáculo fastidioso. Se trata de sentir esa misma sensación frente a la existencia en conjunto. De arriba abajo, todo es siempre más de lo mismo y hecho de lo mismo. ¿Hasta cuándo será así?” (vi, 46). No sólo los asuntos humanos resultan banales, sino que además son efímeros. Marco Aurelio se esfuerza en revivir por medio de su imaginación el bullicio humano de épocas pasadas (iv, 32), como por ejemplo las de Vespasiano o Trajano: sus matrimonios, enfermedades, guerras y festejos, el comercio, la agricultura, las ambiciones y las intrigas. Tanto estas muchedumbres humanas como sus actividades se extinguieron sin dejar apenas rastro. Este incesante proceso de destrucción intenta representárselo Marco Aurelio por medio de quienes le rodean (x, 18y31).
¿Puede consolarse el hombre de la brevedad de su existencia esperando cierta supervivencia gracias al nombre que legará a la posteridad? ¿Pero qué es un nombre? “Un simple sonido, débil como un eco” (y, 33). Y este miserable y fugitivo legado sólo se transmitirá a unas generaciones que no perdurarán, ninguna de ellas, más que el instante de un destello dentro de la infinitud del tiempo (III, 10). En lugar de confiar en esta ilusión, más valdría repetirse junto con Marco Aurelio: “Cuántos hombres ignoran incluso tu nombre, y cuántos lo olvidarán pronto” (IX, 30). 0 mejor todavía: “Pronto lo habrás olvidado todo, pronto te habrán olvidado todos” (Vii, 21).
Por lo demás, ¿qué es el mundo humano dentro del conjunto de Ia realidad? Un pequeño puñado de tierra lo contiene, no siendo la misma tierra sino un pequeño punto en la inmensidad del espacio, mientras que una vida humana resulta ser sólo un fugitivo instante de ese doble infinito temporal que se extiende por delante y detrás nosotros. Dentro de tal inmensidad todo es arrastrado inexorablemente por el impetuoso torrente de las metamorfosis, por la corriente infinita de la materia y el tiempo (iv, 43).
De este modo, todo lo humano no supone sino humo y niebla (x, 31). Y, más allá de los siglos y de las diferencias culturales, Marco Aurelio parece hacerse eco del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades y todo vanidad”.
1 Friedmann, G. La Puissance et la sagesse, Paris. 1970. p. 359
