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Agua

su magia y su música

Armando Rey ® - 2005

Lejos, entonces, mí queridaAgua
¡Oh! vete lejos,
Hacia algún lago aislado que sonríe,
En su sueño de profundo reposo,
En las innumerables islas-estrellas
Que enjoyan su seno.
(Al Aaraaf.)


Aguas fluviales, aguas oceánicas, aguas profundas y estancas. Aguas verticales como la lluvia y la cascada, aguas horizontales y quietas como las del lago y aguas eternamente ondulantes como las del mar. Aguas que se transforman en hielo, aguas que se desvanecen en vapores sutiles. Nube, niebla y neblina. Una variedad inmensa de texturas y movimientos hace de este elemento fluído y líquido uno de los más misteriosos, fascinantes e inquietantes que otorga tanto riqueza como naufragio y aniquilación, tanto prosperidad fertilizante como anegamiento e inundación de las campos y sus cosechas. Fue Tales1, siguiendo a Hesíodo, quien se decidió a postular radicalmente que “el arche (principio) es el agua.” El agua es vida y muerte; y es salvación y perdición. Como un plato alargado sobre la faz del piélago imaginó la tierra el filósofo de Mileto o como un navío de escaso fondo que flotara entre la superficie del mar y la bóveda del cielo.

El agua recibe todo en su seno, no opone resistencia acoge sin discriminar, rodea al objeto y lo envuelve manifestando así el emblema de su cualidad más esencial, la aceptación incondicional, esa maravillosa capacidad de intimar con cualquier naturaleza.

El mundo bajo el prisma acuático es un devenir incesante de los flujos y reflujos del sentimiento, de los humores y del ánimo. Como las mareas oceánicas, como los torrentes de los ríos, mueven empujan y hacen circular la savia de la vida. El mundo del agua es esta realidad constituyente en nosotros que por medio del sueño, el deseo y sus máscaras, el miedo, el anhelo y la esperanza fabrican en toda existencia la trama del destino.

El deseo, como la humedad, es aquel poder primordial que atrae los cuerpos y los ensambla, constituyendo el pegamento creador de destino. Freud descubrió que somos hijos del deseo, que la fuerza erótica se halla en el origen de nuestra vida y en la culminación orgiástica del sentimiento de estar vivo. Por eso rehuir del deseo es condenarse a morir.

El agua es además fría por naturaleza, como lo son los animales que la representan en la rueda zodiacal, el cangrejo, el escorpión y los peces. Si la humedad atrae, une y funde, dos gotas líquidas tienden a atraerse y fundirse en una sola por el poder húmedo, el frío atempera, inmoviliza y permite descansar. Estas experiencias accesibles a todos cuando sentimos que hemos culminado, hemos logrado un deseo, son el factor clave que nos permite considerar a la fuerza deseante como la precursora y aliada del placer y de la felicidad, en el éxtasis místico del olvido de sí.

Sin embargo y al mismo tiempo, esa misma fuerza, cuando no es atendida en su valor, se revela como apego, el mayor causante de insatisfacción, dolor y sufrimiento que invade e inunda la existencia desembocando, si nada lo impide, en el océano de la disolución final, sea en la muerte (suicidio), en la desesperación o en la locura.

En Cáncer la experiencia acuática, primordial y materna, se revela como dadora de alimento, es el agua que brota de los manantiales, es la leche que mana del pecho para calmar la sed tanto del cuerpo como del alma. Cáncer vive el deseo de sentir un lazo permanente con esa fuente colmadora y, a la vez, experimenta el miedo angustioso a perderla, a sentirse expulsado del paraíso, del reconfortante hogar que le asegura el vínculo, por ello, Cáncer ha de encontrar esa fuente que nunca se agota como elemento esencial para que crezca en él el alimento necesario. La fuente oculta de la vida, esa patria del alma que hasta que no se halla obliga a vivir en permanente estado de temor e inseguridad.

En Escorpio, se descubre que la fuerza de la vida es la fuerza del deseo y su patrón de medida, la intensidad, Estar vivo es estar deseando, es hundirse y dejarse arrastrar por las aguas pantanosas de sus oscuros designios, sean los de las tormentas e infiernos de sus profundidades abismales, sean los de las delicias y placeres que animan los momentos cumbres de toda existencia. Escorpio conoce las fatalidades del agua envenenada y corrupta de aquellos que se empantanan por huir del deseo, también conoce las excelsas propiedades curativas del aqua miraculosa, del elixir vital que se obtiene del veneno destilado, convertido en medicina, en alimento transformador.

Escorpio es el gran manipulador en busca obsesiva de una intensidad que se le escapa o el médico incansable que cura el alma porque murió a una forma de existencia y resucitó a otra, más intensa más no por la obsesión y fijeza ligada a los objetos de su deseo sino por la profundidad de su mirada, esa que ha conocido el infierno y por eso sabe donde buscar el paraíso.

Piscis recoge todas las experiencias acuáticas y las convierte en bálsamo que disuelve, funde e integra todo sentimiento de separatividad, todo recuerdo doloroso, toda memoria anclada en un tortuoso pasado. Este bálsamo es experimentado como gratitud. Un estar agradecidos por el inmenso don de la vida, por la maravilla de poder percibir y alimentarnos de su belleza, por el reconocimiento de que incluso de las tormentas más feroces puede surgir la plenitud del sentimiento de estar vivos.

Piscis es una puerta abierta al éxtasis místico de la culminación total del deseo cuando se experimenta precisamente como un deseo sin objeto, sin objeto definido, vacío de límites y fusionado con esa dimensión que todo lo abarca y que nada la limita. El Océano primordial, el lugar del origen y del retorno, del eterno movimiento y de la apaciguadora audencia de apegos del mundo limitado y limitante.

La tragedia del deseo es ese infierno de carencias al que nos condenamos cuando ilusamente confundimos el original y originario anhelo de lo divino e ilimitado con el ansia de posesión que siempre surge cuando habitamos, mejor dicho, cuando estamos esclavizados por el mundo de las formas materiales. Es deseo de fusión, olvido de sí que se vuelve y revuelve como compulsión agotadora y repetitiva. El deseo está condenado a la impotencia, a ser colmado para inmediatamente ser arrojado de nuevo a la carencia. Objeto tras objeto, experiencias que se suceden en una corriente que llamamos destino y que acaba siendo la noria, el círculo vicioso de una carencia que no se puede colmar, ni calmar.

Dice Francisco Dies de Velasco:

“El mundo griego antiguo, hijo del agua, puebla con ella sus fantasías, explica sus orígenes entre líquidos e imagina los límites de lo humano entre corrientes. No resulta en absoluto chocante que la muerte se presentase en ocasiones bajo la forma de un barquero y que la inmortalidad resultase de la correcta elección entre un agua aniquiladora y un agua vivificadora, como si de un escollo o un bajío a evitar se tratase.

El agua en el viaje de la muerte se convierte entre los griegos en sustancia que puede destruir la identidad a la par que también la puede fortalecer, que preserva la memoria o que la aniquila, que lleva a sus últimas consecuencias el carácter mortal y efímero del hombre o que abre la puerta de su superación. “2

“El agua de memoria es agua de inmortalidad, en vez de destruir el conocimiento, lo multiplica, lo fortalece (el alma recuerda que es de estirpe divina o celestial); el viaje de la muerte topa con un agua capaz de consolidar en vez de licuar.

El agua es camino al más allá, marca la senda del no retorno y a la par caracteriza el viaje... El viaje acuático se resuelve con un éxito necesario para el iniciado, Caronte solo se llevará a los ignorantes; se trata de interpretaciones en torno a un tema ancestral y presente en muy numerosas sociedades que imaginan el mundo de los antepasados o de los difuntos separado del de los seres vivos por extensiones de aguas desde las que en ocasiones pueden retornar o hacer llegar sus bendiciones y apoyo. “3

Afirma Bachelard: “El agua es realmente el elemento transitorio... el ser consagrado al agua es un ser en el vértigo. Muere a cada minuto sin cesar, algo de su substancia se derrumba. La muerte cotidiana es la muerte del agua. El agua corre siempre, el agua cae siempre, siempre concluye en su muerte horizontal...: la pena del agua es infinita”

Para Heráclito, la muerte de las almas consistía en convertirse en agua, un alma excesivamente humedecida, por ejemplo, por el exceso de bebida, hace que su dueño se comporte como un niño. Heráclito afirma también que algunas almas (virtuosas) no se convierten en agua a la muerte del cuerpo, sino que sobreviven para unirse definitivamente al fuego cósmico.

El símbolo alquimista del agua es el de un triángulo invertido, la base arriba y el vértice apuntando hacia abajo denotando así la vocación de profundidad del elemento, un calar hondo que es propio de las experiencias del alma y del deseo.

Platón asociaba el agua a una figura geométrica, el icosaedro, formado por veinte triángulos equiláteros. Y en la clásica tipología de los elementos, el ser acuático pertenece al tipo flemático del cual se dice que es parsimonioso, reposado y tranquilo, introvertido y callado, le gusta trabajar solo, tiene buena aptitud para comprender lo esencial de las cosas es metódico y dócil, paciente y receptivo, bueno para evitar los conflictos y por tanto buen mediador, medita los problemas y reacciona bien a la presión, hace buenos padres y docentes. Tiene como debilidades el ser poco entusiasta y miedoso, falto de decisión y le cuesta ponerse en marcha por lo que muchas veces se le tilda de apático y tiene fáciles reacciones sarcásticas.

En el mundo contemporáneo se ha asociado al agua con el inconsciente, porque todo lo que habita en ambos subyace bajo el horizonte de visibilidad. Imagen de la ocultación y receptáculo de lo que ama o necesita esconderse, el agua encubre y refleja el rostro de aquello que la contempla. Esta cualidad especular, nos trae de nuevo al tema del deseo y la relación que establece con sus objetos. Relación especular en la que el objeto del deseo oculta su verdadera rostro, una imagen reflejada de todos aquellos dioses que habitan en el trasfondo olímpico hoy llamado inconsciente, de nuestro ser.

Las aguas pueden ser densas y oscuras, son las llamadas al abismo o claras y cristalinas que anuncian una invitación al renacimiento, a la regeneración y a la experiencia bautismal. El baño y el lavado. Ser iniciado en las aguas equivale a ser iniciado en la vida anímica, en los misterios de Sofía, la divina sabiduría. Agua purificadora y agua salada que es el origen de la vida, biológica y espiritual. Afirman Chevalier y Gheerbrant “Sumergirse en las aguas para salir de nuevo sin disolverse en ellas totalmente, salvo por una muerte simbólica, es retornar a las fuentes, recurrir a un inmenso depósito de potencial y extraer de allí una fuerza nueva: fase pasajera de regresión y desintegración que condiciona una fase progresiva de reintegración y regeneración.”4

Eso es lo que ocurre cuando seguimos la llamada del deseo sin poner los frenos de las conveniencias, del miedo. Nos sumergimos en el río de la vida, perdemos el preciado control del ego, podemos hundirnos en el abismo pero a la vez podemos resurgir purificados, más sabios, de una sabiduría que resulta imposible obtener mediante libros o conversaciones desapasionadas. Se trata de lanzarse a la corriente con las miras puestas hacia la fuente del manantial. Seguir al deseo sin caer en el literalismo del objeto, sin quedarnos atrapados por la ilusión de que el objeto del deseo es asimismo su fuente y origen. Cuando el deseo llama siempre se abre una puerta tras cuyo umbral nos convoca la eternidad.

“La naturaleza del agua la conduce a la pureza” escribe Wen-tse, y a la libertad pues no tiene oposiciones, corre libre y sin ataduras, se deja correr por la pendiente del terreno, que es tanto como decir se consigue el tan necesario estado de abandonarse a uno mismo, dejar de esconderse, fingir y forzarse en ser lo que no se es. A eso Jung le llamaba un “dejarse suceder psíquicamente” que es la condición sine qua non para culminar el proceso de devenir el sujeto único que uno es liberado de las ataduras de la ignorancia y del poder de lo colectivo, todo ello para cumplir con el destino único que espera a los que lo consiguen. De lo contrario el agua acaba, tarde o temprano, o bien helándose, representando así el alma muerta, el estancamiento psíquico o bien se mezcla con la tierra, volviéndose fango, lodo y pantano perdiendo su propiedad purificadora y vivificante.

En el desierto los pozos y manantiales son lugares de encuentro, alegría y asombro, cerca de ellos nace el amor y se preparan los matrimonios. En el desierto del corazón, esa sequedad que agrieta muchos corazones, el manantial de agua es anhelado al igual que la tierra reseca espera ser empapada por las lluvias. Se dice que en el corazón del sabio reside el agua; él es semejante a un pozo y a una fuente y sus palabras tienen la fuerza del torrente. En cuanto al hombre privado de sabiduría, su corazón es comparable a un vaso roto que deja escapar el conocimiento esencial.

Cuando Isaía profetiza un era nueva, dice: “Surgirá agua en el desierto... el país de la sed se transformará en manantiales. En ciertos casos, se lee en el Diccionario de símbolos, el agua puede actuar como la muerte. Las grandes aguas anuncian las pruebas y calamidades, el agua puede asolar, engullir, ahogar, inundar, arrastrar, así el agua puede entrañar una fuerza maldita. Dícese que en tal caso castiga a los pecadores, pero no puede alcanzar a los justos que no tienen porqué temer las grandes aguas.

Y por fin, el agua forma parte de un tema iniciático: el baño en la Fuente de la inmortalidad. Y Novalis el poeta dice de ella:

“el agua, esta criatura primera, nacida de la fusión aérea, no puede negar su origen voluptuosos y, sobre la tierra, se muestra con una celeste omnipotencia, como el elemento del amor y de la unión... No es en falso que los sabios antiguos buscaron en ella el origen de las cosas... y todas nuestras sensaciones agradables no son, a la postre, más que diversas maneras de fluir internamente los movimientos de esta agua original que está en nosotros. El propio sueño no es sino un flujo de este invisible mar universal, y el despertar el comienzo de su reflujo”.

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1. Las aguas milesias. “Me parece que todo es agua, que el agua es el principio de todas las cosas. En esta aurora de mi existencia, a orillas de este mar salobre, veo levantarse el humo de los vapores, los veo elevarse en bandas lívidas, los veo hacerse aire en el aire, latencia de humedad, y aún los veo acumularse más arriba, y engrosar las nubes. Veo hacerse aires de agua. Si acecho, veré cómo el agua se hace negra, arriba entre las nubes; y veré la tempestad, y el rayo refulgente entre cascar de nubes. Y veré volver las aguas evaporadas, transpiradas en ráfagas de lluvia. Y truenos, líneas de fuego zigzagueante, ulular de vendavales. Veré hacerse fuegos de agua. En cuanto a la metamorfosis en tierra, no comparto las lecciones de mis maestros babilónicos, no creo necesario imaginarse a Marduk tendiendo una estera sobre las aguas y acumulando después tierra. Pienso más bien en las sedimentaciones acarrea­das por las aguas del Nilo hasta su delta: ¿no es así cómo de aguas se hacen tierras? El agua cono­ce la solidez, la dureza de los hielos — ¿por qué no podría condensarse más, amalgamarse más? Si, liquida, hace lo que hace con los acantilados, si aún las olas de este mar en calma son como dedos que escriben en las playas líneas siempre renovadas–– ¿qué no hará, más endurecida? ––. Por lo menos fuerza no le falta para metamorfosear la tierra: ¿Por qué le faltaría para reintegrarla? El agua es el principio de todas las cosas. Océano hizo la Tierra. He oído que más al oriente de los templos de Mar­duk moran hombres que han dicho cosas semejan­tes a las mías —pero ¿tendrán también necesidad de otro Marduk? ¿de una estera pare soportar el mundo sobre las aguas? Yo sólo necesito el agua y sus propiedades para concebir las cosas. Yo só­lo creo en el alma del Océano diseminada a tra­vés de toda la creación. La tierra, ya formada, em­paquetada en sí misma, flota, como un disco, so­bre las aguas. ¿No vemos así las islas, no flota ante mis ojos Samos sobre las ondas marinas? El agua es el principio de todas las criaturas. El agua es la morada de la humedad, y de humedad se nutren los vivientes. La humedad dulcifica el calor y envuelve a lo que vive. Nosotros los mor­tales somos peregrinos tras del agua; una iliqui­dez amenazante guía nuestros pasos, una liquidez inestable, a punto siempre de abandonarnos, ha­ce que siempre en torno nuestro deba haber agua. Y si mi amigo Anaximandro tiene probado que hu­bo mares en lo alto de los montes, y que las cria­turas del mar son anteriores a nosotros, que los seres de corteza espinosa debieron modificar su comportamiento al estallar su corteza y ser colocados en tierra —¿cómo dudaríamos de nuestra heredad oceánica, del significado cósmico de nues­tra ecuanimidad? Contemplo el mar, acecho en él, me conozco a mi mismo en el mar. Venido del Océano, yo, Tales de Mileto, se que algún día volveré a él, como las aguas que se evaporan pa­ra mejor llover”.

2. El agua en el viaje de la muerte en la Grecia antigua: identidad y memoria. Francisco DIEZ DE VELASCO. Madrid, Ediciones Clásicas- Universidad de La Laguna, 1999

3. Ob. cit.

4. Diccionario de los símbolos. Jean Chevalier/ Alain Gheerbrant. Ed. Herder. Barcelona. 1986