
De la unidad primígenea se desprenden Cielo y Tierra, las dos primeras deidades, la pareja suprema. Luego del Cielo surge Aire y de la Tierra brota el agua y Cielo pasa a ser llamado Fuego.
La dicotomía básica es pues la de Fuego y Tierra, objeto de la gran tarea de reconciliación y reunión. Agua y aire son los mediadores.El mundo del fuego es el mundo del cielo de lo lejano y ausente: lo potencial. El de tierra el mundo de lo cercano y presente: lo real.
La tierra como símbolo de la realidad implica un universo casi infinito, pero el mundo de lo potencial fogoso es todavía muchísimo mayor. Sólo puede ser real lo que es posible que sea real, pero hay muchas posibilidades que nunca llegan a ser reales. En cada instante nos rodea el infinito real pero en cuanto a posibilidades hay una infinitud impensable en su vastedad.
Movimiento vertical hacia arriba, así es el camino del fuego por eso tiene forma de triángulo que apunta hacia arriba. Es puro movimiento. Máxima masculinidad. Estado vibracional. Es el plano de la energía del Espíritu.
Fuego expresa los tres atributos de la divinidad presentes en todo ser humano: Ser (Aries), Amar (Leo) y Conocer (Sagitario). Estos atributos siempre se revelan como formas de la pasión. La pasión de vivir que se expresa como pasión de ser, pasión de amar y pasión de conocer.Para Heráclito, los estoicos y los kabalistas, el fuego enciende y apaga el Universo.
El fuego pasión da la vida y la quita; como la fiebre, devora para bien o para mal. Según los alquimistas es el agente de transformación. Paracelso igualaba el fuego a la vida: ambos para alimentarse necesitan consumir vidas ajenas. Creación y destrucción en un mismo acto, vida y muerte reunidas por el poder de la llama.Bachelard en su ensoñación contempla al fuego como expresión de lo más íntimo y lo más universal: «Vive en nuestro corazón. Vive en el Cielo... Brilla en el Paraíso. Abrasa en el Infierno. Dulzor y tortura. Cocina y Apocalipsis».
Lo que busca el alquimista en la quintaesencia del oro es enteramente fuego. La transmutación de los metales en oro constituye una bella imagen del proceso purificador. El fuego lo purifica todo, fundición y fragua de los metales, lo que sufre la prueba del fuego siempre gana en homogeneidad y pureza. La carne cocinada simboliza, ante todo, la putrefacción vencida.
En Aries el fuego es sentido interiormente como una urgencia, en permanente estado de consumación y movimiento, a vivir, de única y peculiar manera, las experiencias que se presentan en el camino que cada uno ha de iluminar. Estar vivo es estar ardiendo. Necesita, por ello, una completa libertad de movimientos y de expresión. Por eso, para Bachelard, el fuego sugiere el deseo de cambiar, de atropellar el tiempo, de empujar la vida hasta su término, hasta su más allá.Para Aries el fuego es poder ser. Combustión espontánea. «El hombre es fuego -dice Saint-Martin-, su ley, como la de todos los fuegos, es disolver (su envoltura) y unirse a la fuente de la que está separado». Todo lo que obstaculiza ese sagrado intento debe ser destruido. La destrucción es la guerra. La guerra tiene por fin el aniquilamiento del mal. En el sentido místico, la guerra es el combate entre la luz y las tinieblas. La guerra santa sólo puede ser guerra interior. Cada hombre sufre su propio fuego. Es la lucha que el hombre libra en sí mismo. El ardor guerrero se expresa simbólicamente por la cólera y el calor. Es el fuego refulgente y explosivo del signo del morueco. Como apunta Gheerbrant: «Se trata de un fuego a la vez creador y destructor, ciego y rebelde, caótico y prolijo, generoso y sublime, que desde un punto central se difunde en todas direcciones».
En Leo el amor es el esplendor del fuego. A partir de que expresa la alegría de vivir, el amor no es sino un fuego que transmitir. Para Rilke: «Ser amado quiere decir, consumirse en la llama; amar es iluminar con una luz inagotable... amar es escapar a la duda, es vivir en la evidencia del corazón». Y para Novalis: «Quién sabe si nuestro amor no será un día alas de llamas que nos llevarán a nuestra patria celeste antes de que la edad y la muerte nos alcancen».Según los alquimistas el corazón es la imagen del sol en el hombre, como el oro es la imagen del sol en la tierra. Todas las imágenes de «centro» se han relacionado con el corazón. Amor es gravitación hacia lo amado. Amar es pues sentir una fuerza que se dirige a la búsqueda de un centro. Un centro que tanto puede hallarse en el Trono de Dios como en el más ruin de los egoísmos: «No son sus ojos los que están ciegos, son sus corazones en sus pechos, los que no quieren ver». La transmutación del corazón de piedra en corazón carnal (Ezequiel) y ardiente es el milagro que todo el mundo desea.Amor es corazón junto a corazón. Una vida en la que hay amor es una vida cálida. Como afirma Ortega y Gasset: «Todo amor atraviesa etapas de diversa temperatura y sutilmente el lenguaje usual habla de amores que se enfrían y el enamorado se queja de la tibieza o la frialdad de la amada. El fuego del amor goza de las más matizadas gradaciones».
El amor bajo el álgida solar no es sólo el producto de la relación personal yo-tú. Tiene sobretodo una dimensión impersonal que puede expresarse como pasión animal o como fuerza mística y espiritual. El amor que mueve el sol y las estrellas.El león es tanto símbolo de Cristo como del Anticristo, representa el poder del calor, potencia cósmica que puede devenir orgullo y sequía en el corazón del déspota, o ardor interior en la ascesis y el amor místico. Krishna es el león entre los animales; Buddha es el león de los Shakya; Cristo es el león de Judá.
En Sagitario, la zarza ardiente, Fuego es la llama que nos ilumina y guía y, con ello, contrarresta el abismo. Cuando Dios habla está rodeado por el ruido del trueno y la luz de los relámpagos. El relámpago, como la lluvia, tiene un valor de semilla celeste, es «símbolo del esclarecimiento intuitivo y espiritual» (Dies) o de la iluminación repentina. Desde siempre, señal de la acción transformadora del cielo sobre la tierra, «el rayo que invade y fecunda el ojo» (Satz).El fuego sagitariano se vive como la pasión de consumir la vida para que de ésta surja la revelación buscada. La revelación de una Verdad que, por un lado, es imperativa, categórica y necesaria, y, por otro, está siempre, como el fuego, presta a extenderse y propagarse a través de la mirada inflamada del profeta y del visionario que la encarnan.
Consciente o inconscientemente todos seguimos los dictados de una voluntad - que se deja conocer mediante destellos intuitivos, como los rayos de Zeus, en revelaciones filosóficas y religiosas. Estas intuiciones y revelaciones van constituyendo una imagen de la vida y el destino, que para cada uno reviste el imperativo de su Verdad. No la verdad racional de Aire, imparcial y objetiva, sino aquella que penetra en uno mismo y se convierte en sustancia de su ser. Es la Verdad heideggeriana, aquella por la cual vivir y morir.Entusiasmo o fanatismo, conversión o tiranía, purificación o aniquilación, todo depende de la capacidad de conectarse con la Voluntad frente a la que toda otra voluntad empequeñece. Conectar la pequeña voluntad con la Gran Voluntad implica convertir la propia vida en un receptáculo de sus designios. Seguir los designios de la Gran Voluntad supone un sacrificio y un premio. Sacrificio de la vida personal, premio al entusiasmo y la pasión convertida en poder arder la propia vida, esto es, convertirla en foco de luz irradiante y de calor vivificante.
Ahora bien, todo objeto de la pasión fogosa es inalcanzable, es pasión imposible de colmar puesto que aspira a lo divino. Por ello, es motor eterno y decepción permanente frente a la realidad concreta. Por naturaleza su dirección es la ascendente, es el daimon que en cada vida se encarga de proveernos, tanto de la aspiración a lo eterno, como del divino descontento frente a lo dado.
Para fuego un presente desconectado de un futuro preñado de posibles realizaciones representa el peor de los agobios. La cólera fogosa es la expresión de la impotencia de volcar un presente insatisfactorio hacia un porvenir esperanzador. La llama, como toda vida humana, siempre busca elevarse ascender al reino ígneo, extenderse y propagarse. El calor es expansivo. Su incandescencia- tanto puede significar pureza como torridez, iluminación como encegamiento. Por ello tanto puede dar lugar a las más brutales formas de despotismo, tiranía y autoridad desorbitada, como a las acciones más exaltadas y divinas por su valor (Aries), nobleza (Leo) y santidad (Sagitario).Como afirma Adíer (La Astrología como ciencia oculta), para fuego el mundo es un campo inmenso de batalla donde desplegar su fuerza de voluntad. La voluntad se expresa como pasión por conquista (Aries), por el dominio (Leo) y por la comprensión (Sagitario).
En el germen de toda acción está la voluntad. Conocer el fuego es conocer las semillas. Las semillas son la pura potencialidad. Todo depende de ellas. Fuego es la idea antes del concepto, idea como fuerza e impulso seminal.Mientras las cosas están en germen es posible guiarlas. Una vez crecidas hasta llegar a sus consecuencias (Tierra), se convierten en realidades tan poderosas que ya nada puede cambiarlas. La percepción de las semillas es la intuición de las posibilidades presentes en cualquier situación. Intuir es encararse hacia el futuro como lugar de realización de lo posible.Lo posible deviene actual, real, siempre tras el fértil encuentro del Espíritu (fuego) y la Materia (tierra). Solamente cuando el fuego Olímpico es traído por Prometeo aquí abajo, se inicia la cultura: «Si -dice el divino ladrón, descendiente de los Titanes- yo he liberado a los hombres de la obsesión de la muerte... he instalado en ellos las ciegas esperanzas... les he regalado el fuego... de él aprenderán artes sin número» (Prometeo encadenado).
El hombre, sentado ante la cálida hoguera cuyos destellos iluminan, fascinan y acompañan en la soledad de la noche helada y de los cielos infinitos, el mismo hombre aterrorizado ante el poder de las centellas que fulminan, es en el que piensa Bachelard cuando dice: «No estamos lejos de creer que el fuego es precisamente el primer objeto ante el cual el espíritu humano ha reflexionado; entre todos los fenómenos sólo el fuego merece, para el hombre primitivo, el deseo de conocer, porque va acompañado del deseo de amar».Cito como último chispazo de un fuego a punto de consumirse, una bella prosa poética hija de un corazón encendido:
« Ven, mi Rey. ¡Ciñe tu corona de llamas blancas y de azufre azul de donde escapa una lluvia chispeante de diamantes y zafiros!».
Y el Soñador, dispuesto al sacrificio, responde: «¡Aquí estoy! Envuélveme en ríos de lava ardiente, estréchame en tus brazos de fuego, como el amante estrecha a la novia. Me he engalanado con tus colores. Revístete tú también de tu ardiente vestidura púrpura. Cubre tus espaldas con tus resplandecientes hábitos. ¡Etna, ven, Etna!, rompe tus puertas de basalto, vomita el betún y el azufre ¡ Vomita la piedra, el metal y el fuego... !».
