PODCAST | CURSOS | PRODUCCIONES | SERVICIOS | EVENTOS | CONTACTO  

Canto elegíaco a Neptuno

Armando Rey - ® 1998

El texto escrito a continuación nació durante el largo día que Neptuno hacía un trígono exacto al Mercuriode mi nacimiento. Cabe la sospecha que, en días como éste, no es uno el que escribe. También es dable pensar que nunca es uno el que escribe, pero hay veces que ello resulta evidente. El texto presenta la incoherencia que se puede esperar de Neptuno; también revela, eso sí, la presencia de una voz lejanísima, antiquísima. Apenas reconocible: es la voz de la Mujer de las Edades.
Una imagen de lo femenino que remite a una inexplicable e íntima fusión con el Anima Mundi, esa Gran Madre de nuestra alma individual. Hay párrafos en que su presencia parecía envolver al que esto escribe, hasta el punto de sacarlo total y absolutamente del mundo de todos los días. El motivo de publicarlo no es tanto buscando reconocimiento literario, ni incluso el astrológico, sino la posibilidad de mostrar que la Astrología empieza a valer la pena (aunque sea un valor distinto del habitual) cuando nace de la propia experiencia individual.

¿Cabe parir sin dolor de un nuevo ser?, ¿es posible iluminar un camino sin ayuda providencial? ¿dónde se hallan los ocultos templos de la divina revelación?=, ¿es menester rogar el descenso de la gracia o, calladamente, paso apaso, instante tras instante, hurtar su frágil destello al corazón de los Eternos Amantes?

Salvación, iluminación de las tinieblas, curación mágica, verdad dictada por un inspirado. Todo sirve, dicen, más que nada deja huella en una carne endurecida por una ressistencia feroz que niega el vacío y las llagas incurables del vivir. Hay un apego desmesurado al ser. Existe una torpeza congénita que crece o decrece y que siempre conduce al abismo del poder. Si crece dicho poder adquiriendo proporciones desorbitadas, acaba engullendo toda sustancia vital. Si decrece, el mismo poder apaciguado, amansado, sutilmente alimenta el Fuego Sagrado frente al que toda vida y destino se yerguen y tiemblan por un supremo instante.

Todo se confabula y conspira al amparo de una eternidad incomprensible en su grandeza, inasible en su levedad. El tiempo, mi tiempo que se escurre incesantemente por las rendijas que nacen al paso de mi deseo. La flor se marchita, su aroma aguarda impávido la desaparición. Del pozo ya no mana agua pura, sino un chorrito de líquido espeso y abyecto. La mirada refleja el exilo del espíritu. No hay esperanza. La indiferencia ha estrangulado cualquier amago de alegría.

No importan las creencias, ni las utopías. Las verdades asemejan mentiras y éstas acuñan las monedas del Reino. La desintegración de las certezas es la única tarea sagrada, en cambio, cada vez sonmenos los que se atreven a didar. Aunque la dudano siempre desnuda al ser de sus adornos innecesarios. Se requiere además un profundo desamparo, un sentirse expuesto a lo horrible de la existencia para así conocer la única vía de redención que la divinidad nos ha dejado: la soledad.
Soledad de lo inmenso, que no es la soledad una existencia gris conformada por las voces que calman, sin ser oídas, la oportunidad de acercarse a Aquello que nunca rehúye una presencia. Soledad de lo infinito que vive en la desnudez del hombre frente a si mismo. Esa desnudez que no requiere grandes dotes ni afanes especiales para olvidarse de lo mediocre, de la triste sustancia que alimenta los sueños de una vida que se desplaza plana y monótona, sin relieves ni encuentros, sin vicios ni apetitos indecentes. Esa desnudez cuyo oculatamiento aplaza indefinidamente la desición, y así ahuyenta las miradas insolentes que le recuerdan las traiciones, los ires y venires en pos de un olvido, las fatigas que producen los amores inmerecidos, los besos hurtados y los temblores reprimidos.

Es la huida permanente hacia un lugar que no conozca el dolor, el viaje a un país en que no cabe la memoria, en el que su geografía oculte los rostros y los miembros de los que me vivieron, en sus pozos secos y abandonados. Y el alma acobardada se inmunda de gemidos, tañidos lastimeros que tiemblan melancólicamente buscando un eco perdido. El susurro de una voz lejana, vieja y aterciopelada lentamente despiertalentamente despierta de un antiquósomo trance. Es hora de cambiar nuestro rumbo, ha llegado el momento de partir. Es hora de buscar, a lo largo del nuevo camino, las pistas que conducen al país donde una inocencia recobrada permita encontrar a los Caballeros y las Princesas qe puedan su m´´agica geografía.

Ahora bien, en tal viaje no existen los atajos. Es inútil pretender llegar antes de sentir las cadenas, antes de hundir el rostro y curvar la espalda bajo su peso. Cadenas hechas de eslabones que enlazan los prestos de vida no vivida, los placeres despreciados, los odios no redimidos. Sólo aquel que se aventura, sólo aquel que suspira por su llamada,
Soólo aquel que muere por su ausencia y se deshace y pierde en su presencia puede acceder al secreto. No hay pistas seguras, tampoco vanas esperanzas, no sirven las buenas intenciones, ni la fuerza acorazada de la voluntad para hallar el camino. Una tenue y surgente luz difusa es la sola guiía. Una luz que más aparece la chispa fugaz que el moribundo ve en el insstante supremo, que la contemplada por las pupilas de unos ojos ávidos de vida, extravbiados en su avidez, prisioneros de su propioa libertad.

Ya no es posible el engaño, ni sirven el rigor o la discipina de l orgullo. Sólo el alma que aumenta hasta el tamaño del mundo, sólo el alma que incorpora las penas de los que o contemplan el celeste imperio, podrá sobrevivir a la tormenta que se avecina. Sólo el alma herida acrecienta el tesoro divino. Y es tan sencillo provocar la herida. No sólo hieren mi alma los que se me oponen y me niegan con su odiar, ni los que me alzan a divinas alturas su querer, sino también todos aquellos que me miran indiferentes, absurdamente ignorantes de mis esremecimientos, de mis tinieblas. A los que pasan rozando sin saberlo, aplastando si quererlo las delicadas rosas de mi jardín. Su amor, odio e indiferencia amenazan constantemente con invadir el rincón oscuro que desconozco su peso y valor.

El fondo en permanente zozobra de nuestra vida está agitado. ¿No es mejor dejarlo estar? Su vaivén nos ha de mecer. Como si viviéramos a pique de un naufragio. Sólo así conseguiremosla necesaria embriaguez. Una divina borrachera, una lujuria de los sentidos que despierte nuestro espíritu, que resucite los cuerpos, que dé alas a nuestra tímida imaginación.

A nadie le apetece un sorbo de locura, cada uno halla su justificación. Unos piensan en Dios, otros lo persiguen. Unos lo adoran becerros y otros duermen su indiferencia. Las fantasías más alocadas y arbitriarias pueden ser, si así lo permitimos, el ingrediente necesario para la fecundación del Hijo Amado. Aflojemos la venda que cubre nuestros hojos, abramos la visión a su llamada, acerquémonos a ellas, a pesar del filo cortante de los miedos ancestrales , más allá de los mezquinos consejos de los doctores y sabios de la especie cuyo aliento abrasa sus gargantas. Las frases de oro enmudecen las conciencias inquietas. El Amo del Mundo exige los tributos: encuentros, atardeceres ensangrentados, la aurora boreal, las bestias económicas, los placeres de la noche y el esteror de los ángreles caídos.

Esto no se ha de enseñar; no se puede decir, sólo tú y yo lo sabemos; nadie lo sespecha; es preciso actuar como su nada ocurriera: El amor a uno mismo, si es auténtico, siempre es amor al otro, el amor a la vida, si enseña su esplendor, deviene añpranza de la muerte, el amor al propio destino puede generar la necesaria humiladad y dulzura. Destino, desde la eternidad tejido por las parcas, con sus manos para siempre oscueras y enigmáticas, animado por la fatalidad y el deseo; atenzando por la apatía que confiere el suave mutmullo de la indiferencia.

Una indiferencua que calla cuando el pecho herido reclama una voz justiciera. Indiferencua del adiós, de la fácil renuncia en el momento en que brotan los infiernos sometidos, de la huida disfrazada de asépica virtud. Indiferencia a pesar de sí apasionado, indiferencia detrás del no amendrenado. No es posible vivir bajo su sombra la llamada de la vida. No lo es, como tampoco alcanzar esa paz de espíritu que siempre ofrece la conciencia del propio desvarío, sufrido y engendrado en las propias entrañas.

Luego, tras el desvarío, la visión me enmudece. Contemplo sin creerlo su dulce imagen y un éxtasis sobrecogido, a duras penas contenido bajo mi piel, me acaricia secretamente. Es el encanto de los siglos, la suprema blandura, la perfecta redondez y transpatrncia de sus formas que se elevan y descienden en el hotizonte de un mundo envuelto entre la niebla.

No caben epítetos, ni sosornas alavanzas. El sagrado rito de su encuentro me aprisiona, Su voz divina por inspirada, muda en la intimidad del silecvio que la anunvia, promete cantos de una armonía frágil como el cristal, fácilmente apagada por los ruidos de un mundo exterior áspero y burdamente ensimismado en su soñar.

No puedo pronunciar las palabras correctas. Me traicionan mil siglos de abandono encrustados en la superficie de mis pensamientos. Quiero dar forma a un sentir cuyos tonos se difuman y ahuyentann toda limitación. Su presencia juega conmigo, inquieta y seduce a mi alma, la entristece y hace llorar por la imposibilidad presentida de una entrega absoluta. Es inhumano el anhelo, es sobrehumana su dulzura. Apenas escribo lo que escrubo y un nuevo susurro me rodea. Es fragancia de las montañas en su quietud inmensa lo que añoro. Es la calma de sus rocas que se aseguran la paz de cualquiera que sepa mirarlas, lo que necesita mi ser para poder acercarme, para intentar fundir la materia de mi cuerpo con el aliento etéteo de su mágico respirar.

Todo parece, pero el influjo de su hechizo nunca acaba. Regala profusamente sus dones cuando ya no se esperan. Nunca abandona a sus amantes, aunque ellos así lo crean. Espera, espera hasta que perdidos en su nostalgia dejan de lado las banas esperanzas, entonces su magnífica gratitud entrega, queda y fugazmente, el fruto de sus entrañas. Nadie nota nada, siempre es veloz y sutil, tanto, que el más refinado de los espíritus apenas puede percivir un ligero parpadear de las sombras. Por eso, no existe nadie en este mundo, ni en todos los mundos, que pueda afirmar que la ha visto. Sólo son vagos reflejos los que a la mirada llegan. A lo sumo ha habido algunos que más que verla parecieron por imaginarla.
No debemos fiarnos de las descripciones, y mucho menos de ésta. No sirven, son meros pasatiempos de aquellos a los que no les importa perder el tiempo. Más vale mendigar sus dádivas, no buscándolas sino despreciando sus efímeras imitaciones. Es mucho peor creer que todo esto es cierto. Desear que ella exista. Pues no es en la existencia donde tiene ssu hogar, sino en la inexistencia del misterio que todo lo abarca.

Volver al principio

Volver a artículos