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Tierra

La recuperación de lo sensual

Armando Rey ® 2007

 

Tierra

Vamos a iniciar el recorrido terrestre precisamente en un entorno muy poco terrestre. Leemos en varios sitios astrológicos en internet:


“Las personas de Tierra reaccionan lenta y tranquilamente. Su dedicación es constante y perseverante. Emocionalmente, están profundamente enraizadas y son lentas ante los cambios.”

“La Tierra representa la energía de conservación, condensación, contracción, expoliación, límite. Y la mineralización, la cristalización, el endurecimiento. Simboliza la acumulación, la estabilidad, la resistencia y la concentración.

Los nativos de tierra manifiestan habilidad en el empleo del mundo material, conservatorios son prácticos y, al negativo, posesivo, melancólicos y pesimistas.”

“El elemento tierra se relaciona con el principio de solidez y por consiguiente con el sentido de estabilidad y de permanencia. Es absolutamente esencial para nuestro sentido de seguridad. Rige el sentido del olfato y todo lo sólido de nuestro cuerpo: huesos, dientes, uñas, piel, cartílagos, tendones y grasas. Psicológicamente, se relaciona con el espíritu práctico, la seguridad, fidelidad, estructura, conservación y realismo. De manera más abstracta, se asocia con la discriminación y los aspectos más estables y permanentes de lo existente, por aquello que se deja afectar menos por las sutilezas y los matices; posee perseverancia y una mayor capacidad para mantenerse. Cuando el elemento tierra es equitativo da una gran tolerancia, paciencia, firmeza y claridad sobre la realidad básica. El sistema de valores de las personas de tierra es habitualmente sólido, raramente afectado por las emociones o el idealismo; más bien práctico.

Cuando el elemento tierra se halla en exceso, las personas son perezosas, letárgicas, inactivas, demasiado materialistas, a menudo densas, pesadas, inseguras de sí mismas, de reflejos lentos en la percepción y en la captación de nuevas ideas. Suelen dormir demasiado, son inflexibles, se resisten a la mayoría de cambios y tienen que meditar minuciosamente las cosas antes de realizar algo.” 1

“Los signos de Tierra son los constructores del zodíaco. Para estos signos, la creación es una proposición tangible. Tanto sea construyendo carreras profesionales o casas, o creando habitaciones confortables en esta casas a través de adquirir posesiones. Los signos de Tierra se conectan con todo aquello que es sólido a nuestro alrededor ... y el riesgo que corren es que sean muy materialistas y avariciosos.

El elemento de Tierra confiere un sentido del deber, la responsabilidad a los que caen en su esfera. Son personas con las que se puede contar y tienden a lo cauto y lo conservador tanto en sus deseos como en sus actitudes. Son también sensuales, de seguro en su apreciación de una buena comida y un buen vino mejores que cualquier otro elemento. Su mente lógica es apreciada y de acuerdo a su actitud de mesura, estos nativos muestran considerables poderes recuperativos... Personas confiables, prácticas, conservadoras y materialistas. Tienen sus pies en el suelo y sus ojos en el precio”

Ya vemos como el énfasis en lo material, práctico, sólido y estable se presentan como propiedades esenciales del elemento tierra. Estas definiciones de lo terrestre son hoy lugar común en Astrología y en nuestra sociedad, son la ley de su orden. La tierra reducida a lo material y práctico, mundo de objetos muertos o físicos y sin son vivos, un mundo de formas biológicas inferiores puestas ahí para nuestro uso, usura y servicio.

Quiero presentar un panorama diferente de este elemento tan cotidianamente vivido como espiritualmente poco comprendido.

Consideramos los cuatro elementos como símbolos de los 4 planos fundamentales constituyentes de la realidad y del universo entero, 4 principios o planos además estructurantes de nuestra humanidad, del ser total, como son un principio espiritual (fuego), un principio inteligible (aire), un principio anímico (agua) y un principio corporal (tierra).

El que hoy nos ocupa, Tierra, sería el último plano. Las teologías astrales cuentan que el alma es de origen celeste y en su descenso a la vida experimenta una progresiva encarnación en los diversos planos, en la que el ser humano adquiere una serie de cuerpos sutiles (fuego-espíritu, mente-aire, alma-agua) para al fin corporeizarse en este plano terrestre al adquirir el cuerpo físico, su aspecto más denso y oscuro. No es de extrañar que para los gnósticos y los platónicos este cuerpo sea la tumba del alma. Viajeros que se encuentran en el ámbito del exilio, su alma apresada en un tosco cuerpo acaba, como afirma Pierre Hadot, experimentando cierta náusea hacia éste.

Para Platón y su influyente escuela, el cuerpo pertenece al ámbito de lo pasajero y lo perecedero, reino de sombras que oscurece la percepción del mundo auténticamente original y real, un mundo eterno invisible a los sentidos pero accesible mediante la razón, la contemplación y la meditación. El cristianismo empapado de platonismo comulga con esta aversión a lo terrenal, su “mundo, demonio y carne” es el lema inquisitorial que ha mutilado tantos cuerpos y sesgado tantas vidas, como expresión de este profundo rechazo (¿miedo, quizás?), a esta dimensión.

La oscuridad de la tierra asusta, la gravedad y la consistencia de este elemento abruma y la reacciones habituales son de miedo y rechazo, el platonismo y el cristianismo lo denigran reduciéndolo al ámbito de lo perecedero y corruptible, los materialistas presos del más burdo nihilismo lo reducen a un ámbito sin vida, pura materia física, mecánica y ciega que está ahí para ser explotado hasta la extenuación.

No siempre ha sido así, para los chamanes del México Antiguo, todo el secreto de la magia reside en el cuerpo. Las culturas aborígenes, mal llamadas primitivas, contemplaban el cuerpo y la tierra que le envuelve como un paisaje pleno de presencias animadas en íntima conexión y comunión con el cuerpo que reacciona y dialoga con todos sus sentidos.

“Cuando los poderes animados que nos rodean se consideran de menor significado que nosotros mismos, cuando la tierra generativa se define abruptamente como un objeto determinado vacío de sus propias sensaciones y sentimientos, entonces el sentido y la sensación de una otredad múltiple y salvaje (en relación a la cual la existencia humana siempre se orientó) debe migrar, tanto a un cielo o paraíso supersensorial más allá del mundo natural, como al interior del cerebro humano – el único refugio permitible en este mundo, para lo que es inefable e inapresable. Pero en las culturas indígenas orales y genuinas, el mundo sensible permanece en si mismo el lugar de los dioses, de los poderes numinosos que pueden tanto sostener como extinguir la vida humana. No es enviando su conciencia más allá del mundo natural que el chamán establece contacto con los proveedores de vida y muerte, no incursionando en su psique personal; más bien, es propulsando su conciencia lateralmente, afuera hacia las profundidades del paisaje a la vez sensible y psicológico , el sueño viviente que compartimos con el cisne, la serpiente y la piedra silente.”2

Casi todas las culturas ancestrales no necesitan postular la existencia de un plano superior, un reino de las almas separado del paisaje viviente que habitan. La descomposición del cuerpo en suelo, gusanos y polvo sólo puede significar la gradual reintegración en el hogar de los ancestros, del cual todos asimismo nacemos.

El plano terrestre, cuerpo contenedor de toda nuestra experiencia vital, nos sitúa en un universo de experiencias sensibles inmediatas en cuyo campo nacemos, vivimos y morimos. Este entorno de presencias visibles que conforma el paisaje vivo que se ofrece a nuestros sentidos de un modo multidimensional (olemos, oímos, vemos, tocamos y somos tocados) es un ámbito necesariamente enmarcado por las coordenadas espacio temporales, es decir, la tierra y lo terrestre se hallan siempre limitadas por y ubicadas en un sistema de referencias espaciales y temporales, siempre se nos dijo así, por ello puede resultar extraño que un pensador como Husserl viniera a dar razón a la visión astrológica cuando afirma:

“La tierra que nos rodea provee la más inmediata consciencia corporal del espacio, de la cual todo el resto de concepciones de espacio se derivan. Mientras de acuerdo a la física contemporánea la tierra no es más que uno de los cuerpos celestes entre muchos otros “en” el espacio, fenomenológicamente considerado, todos los cuerpos (incluyendo el cuerpo propio) se encuentran primariamente localizados en relación al suelo de la tierra, donde la tierra en si misma no está “en” el espacio, dado que es la tierra la que, en primer lugar, provee el espacio. Para nuestra experiencia sensorial más inmediata los cuerpos existen, son dados, como teniendo el sentido de ser espacio-tierra. Además, mientras la ciencia contemporánea mantiene que “en realidad” la tierra está en movimiento (alrededor de su propio eje y alrededor del sol) , Husserl mantiene que el mismo concepto de movimiento y descanso deriva todos sus significados de nuestra experiencia corporal primaria de estar en movimiento o en descanso en relación al descanso “absoluto” de la tierra-base”.

Husserl escribió en sus notas “Derrocando la teoría copernicana”...El arco original, tierra, no se mueve”. Tal remarcable afirmación ilustra muy bien la naturaleza radical de su pensamiento. Husserl sugiere en estas notas que hay una profunda inestabilidad en la visión científica del mundo, que resulta de choque continuo entre nuestras convicciones científicas y nuestra experiencia espontánea...una profunda división entre nuestros conceptos mentales y nuestros perceptos corporales...

Finalmente, Husserl parece sugerir que la tierra yace en el corazón de nuestras nociones de tiempo y de espacio. Habla de la tierra como nuestro “hogar primitivo” y nuestra “historia primitiva”. Cada historia cultural única no es más que un episodio de esta historia más grande, cada noción de tiempo, culturalmente construida presupone nuestra profunda historia como seres carnales presentes en una misma tierra.

La Tierra es así, para Husserl, la profundidad secreta del mundo-vida. Es la más inexplicable región de la experiencia, un enigma que excede las estructuras de cualquier cultura o lenguaje particular. En sus palabras la tierra es el envolvente “arco del mundo”, la raíz común básica de todos los relativos mundos-vida... ”3

Vemos pues como el cuerpo físico adquiere en la fenomenología de Husserl un importante papel. Solo al reconocer la naturaleza encarnada del sujeto que experimenta pudo el autor evitar la trampa del solipsismo. “Es como cuerpos visibles y animados que otros sujetos se hacen evidentes en mi experiencia subjetiva, y es sólo como cuerpo que soy visible y sensible para los otros. El cuerpo es precisamente mi inserción en el campo de experiencia común o intersubjetivo.”4

Otro filósofo continuador de la fenomenología, Maurice Merleau-Ponty aún radicaliza más esta postura al identificar el sujeto - el si mismo que experimenta- con el organismo corporal. Acostumbrados como estamos a identificar a nuestro ego, nuestra esencia más interna como algo incorpóreo, no podemos evitar tener que considerar que “sin este cuerpo, sin esta lengua o estos oídos, tú no podrías hablar, ni escuchar otras voces. Ni siquiera tendrías nada sobre lo que hablar e incluso reflexionar, o pensar, dado que sin ningún contacto y ningún encuentro, sin ningún destello de experiencia sensorial, nada existiría para cuestionar o conocer.” 5

“Los ojos, la piel, la lengua, los oídos, el tacto, etc. son puertas donde nuestro cuerpo recibe el alimento de la otredad…los humanos han negociado las relaciones con cada aspecto de su entorno sensible, intercambiando posibilidades con cada forma viva, con cada superficie y entidad sobre la que nuestra atención se enfocó.”6

El cuerpo sensible y tangible no es para este autor una máquina programada sino más bien una forma activa y abierta y toda la creatividad y la libre movilidad que hemos asociado al intelecto humano es, en verdad. una elaboración, o recapitulación, de una creatividad profunda que subyace en el nivel más inmediato de nuestra percepción sensorial, esa actividad dinámica que fusiona receptividad y creatividad y por la que cualquier organismo se orienta en el mundo y orienta al mundo en torno a él.

“En el acto de la percepción, entro en una relación simpatética con lo percibido, lo cual es posible solamente porque ni mi cuerpo ni lo sensible existen fuera del flujo del tiempo, y así cada uno presenta su propio dinamismo, su propia pulsación y estilo. La percepción es, en este sentido, una afinación o sincronización entre mis propios ritmos y los ritmos de las mismas cosas, sus propios tonos y texturas.”7

Hemos de reconciliarnos con nuestros sentidos, aquellos que nos informan, aún hoy en día, cuando a pesar del poder de la visión científica decimos que el sol se levanta, se pone y esto lo dice tanto un granjero como un científico, de que la tierra es el centro, base y fundamento de nuestra experiencia vital y el cuerpo visible, no un conjunto de carne, huesos y tendones, sino el mismo pilar de nuestro ser-en-el-mundo. Hemos de reconciliarnos con nuestros cuerpos respirantes y sintientes cuya sabiduría y magia escapa a una auto-percepción, encerrada hoy en universos virtuales, abstractos y trascendentes siempre descorporeizados y por tanto desconectados de la raíz, del fundamento sensible y sensual de la vida.

El elemento tierra nos recuerda y nos remite a esa matriz material, no en el sentido actual de “nada más que physis”, o el cuerpo como una cosa más, sino aquella otra de maternal, materia primordial, en la que resulta irrelevante la distinción conciencia y cuerpo, por eso decía Merlau Ponty “no existe el hombre interior” aludiendo con ello a una unidad del ser “hay un hombre efectivo, real, concreto, que no se limita a poseer conciencia o cuerpo... sino que es conciencia y cuerpo (o conciencia-cuerpo)”.8

De regreso al simbólico astrológico consideramos que el elemento tierra destaca por unas cualidades, lo seco y lo frío, que la convierten en la máxima expresión de la solidez y de la quietud. Es la imagen del reposo inicial y final de nuestra existencia y además del anhelado reposo que preside el fin de la mayoría de nuestras inquietudes y angustias. Como si el perpetuo deambular de nuestra vida consistiera en una huída de la quietud y un deseo de paz que mucho se asemeja a ella.

Esa matriz de aparente inacción, silencio y oscuridad, se revela empero como la fuente última de toda fertilidad y creatividad, pues toda acción y acto creativo ha de corporizarse, sin tierra no hay realidad pues aún el plano inmaterial necesita de su tierra, aludiendo con ello que tierra es aquello que da forma definida e individualiza cualquier realidad, ente o proceso. La forma tangible, material o insubstancial, confiere carta de realidad perceptible a lo hay, sin forma, somos informales, con forma terrena estamos informados revestidos de realidad experimentable. Así pues tierra es la matriz de toda experiencia y a la vez su culminación. Tierra así condensa, integra y resume todos los elementos.

Al contemplar sus divisiones zodiacales hablaremos de las tres modalidades primarias bajo las que la experiencia terrestre se nos da. Tauro, el jardín de las delicias, Virgo, la Tierra virginal y Capricornio, la Tierra prometida, conforman las vivencias y expresiones de lo terrenal abriendo así a la percepción y a la imaginación el universo terrenal.

En Tauro, el palacio de Afrodita, confiere a la experiencia sensible, la vivencia del goce, la sensualidad y el deleite en la percepción sensible de la belleza de las formas terrenales. Cabe recordar aquí a Hillman y su canto a la diosa:
“Así como los dioses vienen dados con la creación, así también se encuentra su belleza en la creación, que es la condición esencial de la creación entendida como manifestación... pues hace referencia a las apariencias como tales, creadas tal como son: datos perceptibles, hechos reales...La belleza de Afrodita expresa el esplendor de cada suceso concreto, a su claridad, a su brillo específico: al hecho mismo de que las cosas aparezcan y a la forma en que aparecen.”9

En Tauro se celebra sensualmente la belleza de las formas, los colores y las fragancias, todo ello datos de la sensibilidad que embriagan el cuerpo y colman el espíritu. El paisaje como teofanía, el jardín como ámbito de la epifanía, el éxtasis orgiástico de la naturaleza como camino de exaltación de la divinidad.

Tauro nos invita al goce del mundo natural no bajo la mirada utilitarista sino la actitud contemplativa que busca la presencia y se sabe presencia. Un quedarse sin aliento que es según Hillman, la respuesta estética primaria.

En Virgo esa tierra virginal que es el prerequisito de toda fertilidad y fructificación y a la vez el estado a recuperar una vez finalizada la obra, es decir, la meta y culminación de todo la obra es siempre recuperar la pureza de la condición original, como en la tradición celta en la que, después de cada nacimiento, la madre vuelve a ser virgen.

La acción es fecundada, gestada y fructificada bajo la rúbrica del esfuerzo humano y su completamiento siempre exige la restauración del estado virginal primario que la acción alteró, un estado presto a recibir la nueva semilla. Al fallar o faltar esta fase decisiva, moneda corriente en el trabajo humano actual, sobreviene el desastre, ya no es tierra virginal que se recupera sino la esterilidad y desertificación de la tierra sobreexplotada y maltratada lo que sobreviene. La destreza manual y la minuciosidad propia de los nativos culmina en el campo labrado y sembrado en Capricornio, fructificado y henchido de la perfumada vegetación en la primavera taureana y en Virgo hecha espiga a la espera de que el grano seco se desprenda de su envoltura para ser aprovechado, transformado en alimento vital. De ahí la representación del signo por una joven virgen alada que lleva una espiga o una gavilla. La Virgen María representa el alma perfectamente unificada y purificada en la que Dios se hace fecundo.

Capricornio eleva el fruto de la acción y del trabajo a la altura de la entrega, de la ofrenda a la divinidad, mediante la cual se libera de la pesada carga del ego y la importancia personal. Primariamente la ambición capricorniana no es la del aplauso y el éxito como ordinariamente se la concibe, sino al revés, es la de subsumir todo esfuerzo humano a la llamada de la vocación, a la entrega desprovista de cálculo egoísta del resultado del trabajo. Es el décimo signo, número de completitud y culminación, llamado portal de los dioses, signo solsticial en el que la muerte aparente de la naturaleza corresponde a la irrupción de lo divino en la naturaleza. En la morada de Saturno la retracción y el despojo de lo superficial e inútil resultan absolutamente necesarios. La tierra invernal lleva al retraimiento y a la renuncia, movimiento de retirada y concentración, en el que la fuerza vital busca refugio y renovación en la oscuridad abismal del subsuelo. Por ello, Capricornio es símbolo de fin de ciclo y asimismo de nuevos comienzos y coinciden en él, el nacimiento de Cristo y el de Buda.

 

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1. Los elementos: síntomas de enefermedad. Ingrid Naiman. Mercurio3. 1988

2. The spell of the sensous. David Abram, Vintage Books.1996. p. 10

3. Ibídem. p. 42-43

4. Ibídem. p- 44

5. Ibídem. p. 45

6. Íbidem. p. ix.

7. Ibídem. p. 54

8. Diccionario de Filosofía. José Ferrater Mora. Alianza Ed. 1979. p. 2186.

9. El pensamiento del corazón. James Hillman. 1982. Ed. Siruela. p.70